ÚLTIMA MODIFICACIÓN 17/02/03
COLABORACIONES EN ESTA PÁGINA
| ernesto pérez zúñiga | |
| alfonso salazar |

Él iba solo
tambaleándose.
Borracho de amor,
borracho de hambre,
borracho de alcohol,
quién sabe.
Él iba solo
tamabaleándose.
Cuando oí cantar por primera vez estos versos, no sabía nada de Pedro Garfias. Tendría yo 17 años y había quedado con un amigo en el Paseo de los Tristes de Granada para escuchar a un cantaor que por entonces comenzaba a entusiasmarnos: Enrique Morente. El recital flamenco sería por la noche, por lo que yo tuve tiempo de quedar con una de esas mujeres, madrileña era, que, jugaba a acercar el cántaro a la fuente sin acabar de ponerlo nunca en ningún sitio. Por facilitar que se decidiera, la había citado yo en un bar de mala muerte que había por entonces en el barrio en el que yo vivía, donde la especialidad era una mezcla de vino dulce y ginebra de cuyo nombre, después de beber un vaso tras otro durante dos horas, nunca más pude acordarme. Del nombre del bar, tampoco. Y eso que ambos estaban en la boca y, más aún, en la garganta de todos. El cuento es que al fin me fui solo hacia el paseo de los Tristes, sediento del cántaro de aquella chica pero trazando las más vergonzosas eses de todas las que haya caminado por el centro de Granada. Mi amigo, Francico Raya, que me esperaba a la entrada del Paseo de los Tristes, me sentó finalmente en mi silla bajo la Alhambra iluminada de una noche de verano. Al rato me levantó para llevarme a mi casa. Todavía no había terminado el concierto. Salíamos por el Paseo de los Tristes y Enrique Morente, que ya quedaba atrás, cantaba en su versión por bulerías: "Tamba, tambaleándose,/ él iba solo tambaleándose,/ borracho de amor,/ borracho de hambre,/borracho de alcohol,/ borracho quién sabe."
Y esos versos, que me estaban describiendo a mí en aquel momento con una coindicencia casi mágica, me dieron y me ligaron a Pedro Garfias para siempre. Días después escuché en mi casa otros dos pequeños poemas que cantaba Morente en la misma bulería:
Bajo sus pies florecía
la mañana
y en sus cabellos traía
la luna clara
la clara luna
intacta
***
De mi blacón flotante
fui colgando tus besos
Y ahoran todas las noches
repican con el viento.
Por entonces tuve que conformarme con eso, pues Pedro Garfias no existía para nadie salvo en el instante durante el que Morente cantaba por él y en una antología de la poesía española contemporánea, donde estaba representado con dos poemas como poeta español del exilio. Con el tiempo, mediando la carrera de Filología Hispánica que estudiaba, fui descubriendo alguna antología de sus poemas y la primera versión de su Poesía Completa que hizo su investigador más hábil, Francisco Moreno Gómez. Yo leía en aquellas páginas a uno de los poetas más intensos, líricos y originales del siglo XX español, y, cuando preguntaba por él en la Universidad, nadie hacía mucho caso. Era curioso el contraste que había entre unos pocos alumnos que admirábamos a este poeta y los profesores que apenas lo mencionaron en cualquiera de las asignaturas que profundizaban en la poesía española de la época. Así que, en la primera oportunidad que tuvimos, Alfonso Salazar (el gran poeta auténtico de aquella Granada de los primeros noventa) y yo, organizamos un homenaje universitario a Pedro Garfias. Leímos sus poemas y situamos su biografía en la historia de la literatura. La sala estaba llena de alumnos; profesor, ninguno. Este contraste acabó siendo de negro y blanco cuando dediqué a Garfias mi trabajo de fin de curso y de carrera. Una noche me encontré en un bar al profesor a quien se lo había entregado. "Mira que dedicarle el trabajo a Pedro Garfias", vino a decirme entre bromas, "¿no ves que no es más que un poeta de segunda división?", apuntilló, también poeta, él, que jugaba en la primera. "Sólo es autor de un maravilloso alejandrino" y, entonces recitó aquel verso que es un poema: "Mi corazón temblando bajo el ala del sur". Esto, que no es más que una anécdota, tranparenta la consideración que ha tenido Garfias para aquellos que transmiten la historia de nuestra literatura, anécdota que, curiosamente, no habría sido posible sino fuera por otras dos que sucedieron en dos momentos muy distintos de la vida de nuestro poeta.
II
Con diecisiete años Garfias era un poeta lúcido, entusiasta y combativo que acababa de firmar, bajo "la orientación señalada por Cansinos Assens" el Manifiesto Ultraísta, junto con otros jóvenes (Guillermo de Torre y Rivas Panedas, entre otros) en busca de "un arte nuevo que supla la última evolución literaria: el novecentismo". Garfias asumía su voz cantante en las veladas ultraístas de Sevilla y de Madrid al lado de Jorge Luis Borges, Gerardo Diego, Mauricio Bacarisse, ante el escándalo y las burlas de un público que consumía todavía docenas de tradición. Pero estos poetas casi adolescentes consiguieron poner la poesía española al corriente de la revolución vanguardista europea. Era la época en la que Garfias publicaba en las revistas ultraístas poemas cortos e intensos como juguetes fabricados sólo con imágenes puras y metáforas contentas:
Campaneros gozosos
juegan al foot-ball con pelotas metálicas
de torre a torre
Yo agujereo el sol
Tras esa puerta
el sacerdote elevará en sus manos
un cáliz lleno de miradas blancas.
El corazón alegre de mi novia
naufragará en las sombras
Y sus miradas buscarán un cable
Yo agujereo el sol encanecido
Las campanadas
estallan al caer sobre la plaza.
Éste era el Garfias que fue destacado, entre los de su generación, por otros protagonistas del momento como Guillermo de Torre y Larrea. "Ese poeta extraño y magnífico (...), un hombre que podía pasar quince días buscando un adjetivo", dice Buñuel de él. "Antonio Machado lo incluyó entre los poetas ‘portentosamente dotados del momento’ (...). Jorge Guillén menciona a Garfias entre ‘Otros nombres relevantes que habría que subrayar’ dentro de la generación del 27." Éste era el Garfias que dedicaba, lejos de su Andalucía paterna, la fuerza de su juventud recién nacida a la entereza de la poesía y las tertulias que celebraban Cansinos-Asséns y Gómez de la Serna en los cafés madrileños, el Garfias que escribía: "Hay que poner algo de desorden en nuestra vida, algo –no mucho- de bohemia, para que nuestros pechos desborden su ternura en cráteres distintos y para que nustros espíritus se templen como espadas".
Poco después, en 1922, Pedro Garfias funda en Madrid su propia revista. Así ilumina este momento Rafael Alberti en su arboleda perdida: "Había salido por aquellos días una nueva revista: Horizonte. Más serena, más apaciguada. Un arco iris tras el aguacero ultraístico. Su director era un poeta nuevo: Pedro Garfias, sevillano de Osuna, señalado, junto a Gerardo Diego, como una de las grandes promesas del momento (...). Garfias oyó con atención los poemas que, a requerimiento de Chabás, dije sin más preámbulo. Su comentario fue rotundo, decisivo en mi vida:
-Dame los tres que más te gusten para el próximo número de Horizonte."
Y es que aquellos eran los tres primeros poemas que Alberti publicaba en su vida. Horizonte publicó, entre otros, a Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Moreno Villa, Bergamín, Buñuel y García Lorca, y, en palabras de Garfias, "quiso servir de enlace entre dos generaciones líricas". También allí aparecieron algunos poemas del único libro que Garfías dio a las estanterías de aquella época, El ala del sur, en 1926, que habría que colocar junto a Manual de espumas de Gerardo Diego (1922), el Poema del cante jondo de Lorca (escrito en esos años, aunque no publicado hasta 1931) y entre el Marinero en tierra (1924) y Cal y canto (1929) de Alberti: aquel poema de "Bajo sus pies florecía/la mañana", y "De mi balcón flotante", o este otro:
Mis manos
mis manos fatigadas
de hurgar en la maraña de los días
entre mis manos canta
el cascabel de la hora fugitiva.
Y esa hora fugitiva estaba a punto de dar la campanada final de sus horas en Madrid, donde llevaba ya seis años viviendo. Los problemas económicos navegaban en escuadrones hacia su Horizonte y Garfias planeaba la creación de una editorial que llevara en brazos a su revista y a los poetas de sus páginas. "Ediciones Horizonte" funcionaría con un sistema de abonados, a 30 ptas. por cabeza. El que más pagó fue Gerardo Diego, 500 ptas., para publicar un libro que nunca salió de la imprenta. Se dice que Garfias nunca devolvió aquel dinero, que aquellos escuadrones de los problemas económicos se lo llevarían en la sentina, o en la bodega, nunca se sabe. Se cuenta que la amistad entre los dos poetas se rompió definitivamente, y que, diez años después, Gerardo Diego se vengó excluyendo a Garfias de la famosa Antología que consagró a los poetas de la Generación del 27. El veneno del olvido se bebe en cristal de anécdotas.
Muchos años más tarde, Pedro Garfias era una figura aumentada de hombre siempre a punto de hundirse en su derrota, "borracho de amor/ borracho de hambre,/ borracho de alcohol,/ quién sabe," que peregrinaba sus sombra por las ciudades de México."Como andaba a su manera/ tropezaba/ se caía, rehacía/ su cuerpo y lo levantaba,/ perdón pedía a la piedra/y a todas partes llegaba.", había dejado escrito en su libro Río de aguas amargas, que acababa de publicar en Guadalajara de Jalisco, en cuyo prólogo se le considera un clásico. Ya era el Pedro Garfias que había vinculado a los poetas españoles del exilio con la intelectualidad mexicana de la época, difundiendo la literatura española en el país que le había acogido. El que había dejado un puesto en la universidad de Monterrey por una cátedra en la cantina de al lado. El que se había ganado los cuartos con el claqué del dominó. El cantor de las victorias y hundimientos del comunismo. La silueta poética de lo que ya no iba a ser España. El caminante intenso al que le habían arrebatado su camino.
Desde que llegara a Veracruz a bordo del Moby Dick de los exiliados, el Sinaia, había tenido una vida itinerante de asombroso juglar, por universidades, radios y centros culturales, donde siempre impresionaba a su auditorio por la hondura y autenticidad de su personalidad y de sus versos. "Tiene mi verso al menos una cualidad que considero esencial en la poesía", dijo una vez en una conferencia en Monterrey, "es un verso sincero". El poeta que escribía metralla de vanguardia había sido engullido y digerido dentro de otro, más machadiano, que era un gran humano de dolor, con el corazón a punto de explotar de tantas pérdidas acumuladas: todo un país de sueños, donde no eran más que eso -humo del pasado- revolución, amigos, familia y tierra.
Era el año 1953, pero hacía varios que ya pensaba seriamente en su muerte. De 1948 es su libro Soledad y otros pesares, donde se recoge este soneto, cima de la mística apesadumbrada:
Para mi nuca un monte, para mi cuerpo un llano,
ríos para mis brazos, mares para mi aliento.
Tendido como un tronco en el arcano
suspendo el corazón y el pensamiento.
Cuántos siglos viví con este anhelo
de tumbarme a lo largo de mi vida
hasta tocar con la mirada el cielo
y con los pies la sombra enternecida.
Flotar suave por el tiempo inerte
olvidándome lento de mí mismo
hasta quedarme transparente y hueco.
Traspasar los umbrales de la muerte
y hundirme poco a poco en el abismo
sin fondo, sin orillas y sin eco.
A pesar de esta tristeza, Pedro Garfias era hombre de mucho humor, imaginación y vitalidad. Sus contertulios de la época describen el continuo placer que suponía ecuchar su enorme erudición y memoria (ahí es donde llevaba sus versos a recitales y editores), el poder de sus ideas, el peso de sus palabras.
Era el año 1953 y a una de esas tertulias llegó desde España Dámaso Alonso, con ocasión de un encuentro de Academias de la Lengua. Pedro y Dámaso se abrazaron, pasado con pasado, y, al rato, Dámaso ofreció a Garfias publicar su obra con estudio y prólogo del propio académico. Cuando Dámaso dijo que la edición sería en España, Garfias rechazó con entusiasmo contrario lo que primero había aceptado agradecido: "En esa España fascista, nunca, nunca, nunca". Las tres negaciones de Pedro seguramente aceleraron su martirio en la memoria de España.
III
Por supuesto, ninguna de estas anécdotas hubiera tenido importancia, si no fuera por el acontecimiento que marcó la vida de Pedro Garfias: su derrota en la Guerra Civil. Garfias fue soldado de fusil y verso y alternaba las acciones guerrilleras y los sabotajes contra las tropas enemigas con la elaboración de un romancero que tenía sus más directos antecesores en los romances fronterizos del siglo XV y que le valdría en 1938 el Premio Nacional de Literatura: "Qué dulce muerte le dio/ la bala que le mató./ Le vi sobre la trinchera/ derribado/ con el fusil empuñado./ Tiernos paisajes en flor/ le fluían a los ojos/ que la muerte no cerró." Garfias arengaba a las tropas con romances y hacía llorar a los generales: "(...) En la loma los fascistas,/ en lo hondo nuestros pechos,/ y la muerte por lo alto/ y los fusiles por medio./ (...) Vete pronto de mi vera/ sueño que me rindes, sueño,/ deja tranquilo mi pulso,/ deja mis ojos abiertos,/ que aunque cielo, tierra y aire/ se hagan pura llama y fuego/ Pozoblanco, Pozoblanco/ no serás nunca de Queipo./ Te defienden los soldados/ del Ejército del Pueblo." Pero, a pesar de que Garfias lo defendiera con su vida y de que la perdieran tantos otros a los que cantó el poeta en su libro Héroes del Sur, al final Pozoblanco acabaría siendo de Queipo, España entera de Franco, y Garfias uno más de los que tendrían que huir de su tierra.
De manera que fue tierra inglesa donde escribió el que DámasoAlonso calificó como el mejor poemario del destierro: Primavera en Eaton Hastings. Garfias se alejaba de aquella aldea cobijada en verde y se perdía por las riberas del Támesis hasta que anochecía: "Aunque te rompas, frágil bóveda, en mil pedazos,/ esta noche estrellada/ yo tengo que gritar en este bosque inglés/ de robles pensativos y altos pinos callados./ He de arrancar los árboles a puñados convulsos/ he de batir el cielo con mis manos cerradas/ y he de llorar a voces este dolor mordido/ que brota a borbotones desde mi raíz más honda./ (...)aunque el temblor sonoro se estienda a las estrellas/ y perturbe un momento su formación tranquila/ mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando/ mi llanto de becerro que ha perdido a su madre." Pedro se consoloba en la taberna y, cuenta Neruda en su Confieso que he vivido, pasaba las noches con el tabernero de un idioma distinto, bebiendo juntos, llorando juntos, sin entender uno lo que decía el otro.
El 25 de mayo de 1939, a bordo del Sinaia, Garfias partió definitivamente hacia México. "España que perdimos, no nos pierdas;/ guárdanos en tu frente derrumbada", rogaba en un famoso poema que escribió a bordo del barco. Pero, en palabras de Alfonso Salazar, Pedro Garfias siguió siendo "un vencido de la vida (...); un vencido de la vida familiar (...), un vencido del ideario político (...), en el amor (que si matrimonio fracasado, que si amores no correspondidos) y vencido definitivamente en el propio aspecto físico (la salud enfermiza, la propensión al alcohol)." Y, ante un panorama así, a uno no le queda más remedio que unirse a aquello que decía Sancho Panza: "Tengo para mí, aunque simple y pecador, que no hay encantamiento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala ventura".
Lo que nadie le arrebató a Pedro Garfias fue los buenos momentos que pasó. Ya en México, él, que era un entendido en flamenco, recordaba cómo, habiendo regresado a Osuna desde Madrid después de aquella pelea con Gerardo Diego, se encerraba con un viejo cantaor amigo suyo a oírle los cantes durante horas con una botella por medio.
Media vida pasó Pedro Garfias en las tabernas y, en las servilletas que había por las mesas de las cantinas mexicanas, dejó escritos sus poemas más flamencos, que regalaba a sus amigos y a sus musas: "Si no me miras seguido/ mejor no me mires más/ que cuando ya no me miras/ me mira la oscuridad". El día de su entierro, una de las coronas que recibió fue mandada por los camareros de "La Reforma", la cantina que había sido más su hogar primero que segundo. Se había muerto clásico de México y desconocido de España. Podemos imaginarle con su propia ayuda en uno de los tantos poemas sueltos que dejó, en el cual evocaba desde México la muerte de su padre en la tarde andaluza, después de la impotencia de recibir la noticia:
Debió de ser tu tarde, yo me acuerdo
como las tardes de mi pueblo son.
Si le pongo el oído al corazón
la siento levantarse en el recuerdo.
Yo me muerdo mi alma y la remuerdo.
Remordimientos mordimientos son,
me sale por la boca el corazón
y de tu tarde, padre, no me acuerdo.
Qué tarde fue que pudo con tu altura,
derribó el pedestal de tu estatura
y te deshizo, desasida en la ola.
Yo cada vez me siento más cobarde
y mientras sufro por tu muerte sola
me duele el sufrimiento de tu tarde.
Pedro Garfias una vez explicó así la razón de escribir poemas: "Cuando uno entra en su vida como en un caserón triste y oscuro, y anda a tropiezos, golpeándose aquí y allá, y sabe que a lo hondo no hay sino un muro de piedras o de sombras, es natural que uno le busque eco a sus pasos. Cantando se distrae el camino. La canción nace de la soledad, pero va dirigida a todos, a los árboles, y a las estrellas, y a los hombres. Sobre todo a los hombres (...)". Ya es hora de que nosostros sepamos recogerla para este tambaleo de la vida. Solos o acompañados, como estaba yo aquella noche que oí a Garfias por primera vez en el cante de Morente, solo y acompañado, cuando mi amigo Francisco me llevaba a casa.
NUEVOS Y ANTIGUOS FRANKENSTEINS

William Godwin (1756-1836), hijo de calvinistas, consideraba a Dios como un tirano al que había que destronar. Sin embargo, fue aquella educación rígida y feroz la que le empujó hacia la idea de la Revolución y el fervor reformista, escandalizado ante la cruenta compraventa de los votos o la imposición del Terror. A pesar de su reivindicación de la virtud como camino de felicidad, en su país fue considerado un terrorista de la peor especie. Creyente de la bondad de la naturaleza humana, para Godwin, la simple existencia de la justicia conllevaba la determinación de la dicha social y por consiguiente la felicidad: para él, el hombre nació libre de toda idea innata, siguiendo a Hume, y su mente puede ser influenciada y sugestionada hacia el Bien. Toda corrupción es el error y la ignorancia puestas en práctica, dice. Pero no sólo la enfermedad moral es curable por la razón, hasta los defectos físicos, se propone Godwin, serían en un futuro desterrados, tanto la enfermedad como quizá la muerte mediante el ejercicio de la razón y el esfuerzo mental. Estamos ante un pionero del anarquismo, un visionario de los progresos científicos, aquel que navega el lado oculto de la razón, llegando hasta el extremo norte de los recónditos sentidos del esoterismo y el oscurantismo. El Estado, para Godwin es quien ejerce la presión sobre los individuos y lo convierte en un ser ignorante. "Látigos, hachas, patíbulos, mazmorras, cadenas y suplicios son los métodos prescritos y en uso para persuadir a los hombres a la obediencia e imprimir en sus mentes las lecciones de la razón". Su proyecto de sociedad abole la propiedad, el Estado, el sincronismo de los horarios y los relojes, la institución familiar, el sexo e incluso el Arte de la Música y el Teatro, porque los intérpretes repiten notas y palabras que no son suyas. La familia, errada por sus doble base -propiedad y subordinación de las personalidades-, es desterrada. En la infancia sus propuestas de métodos educativos superan en mucho los métodos del siglo XX. Pero insinúa la idea de que la procreación, la educación y la crianza terminarán por resultar innecesarias: la razón tiene acceso también a los secretos de la inmortalidad física y la eterna juventud.
Godwin, a pesar de sus ruidosos ataques contra la institución del matrimonio, se casó con Mary Wollstonecrafft, pionera feminista y reformista, defensora de los derechos humanos. De tal matrimonio nacería María, la futura Mary Shelley. Percy, el esposo poeta de Mary sería uno de los primeros discípulos de William Godwin. La hija de su segunda mujer, Clara, fue quien persiguió a Byron hasta conseguir quedar embarazada de quien sería Allegra, la hija del poeta-soldado.
Aquella noche mágica de Villa Diodati a orillas de un lago suizo, cuando Byron propuso jugar a la literatura y contar una terrible historia de fantasmas, dos criaturas nacieron para la historia colectiva: El vampiro de Polidori, antecedente directo de la fisonomía y carácter del Conde Drácula y Frankenstein.
Quizá las enseñanzas paternas influyeron en Mary de forma contundente y marcaron su personaje. Frankenstein -llamado el Monstruo- se levanta contra su dios, que no es otro que el Doctor Frankenstein, hombre que ha derrocado al Dios tirano y asume el poder de dar la vida. No olvidemos que el doctor es un joven hombre de ciencia, racionalista del XIX, cercana la llegada del positivismo. Pero al igual que en la filosofía del padre de la autora, la novela se mueve por los lados oscuros de lo aún no descubierto, entre la suposición y la creencia. El Monstruo es el hombre creación humana, el nuevo Prometeo como indica su subtítulo, un hombre marcado por la mente moldeada en un criminal. Pero Godwin planteaba que no existe delito sin motivo ni acción que no pueda en sus objetivos, ser explicada y discutida. La reacción del doctor Frankenstein mantiene diferencias, pretende crear su hombre sobre el despojo social del crimen, lo reeduca, trabaja sobre sus sentimientos -inalterables a pesar del comportamiento antisocial del Monstruo- y lo presenta en sociedad totalmente cambiado: han triunfado la creación y la re-creación. El posterior desdén de la sociedad marcará al Monstruo, que se somete a los más crueles crímenes. He asesinado a seres encantadores e indefensos, he estrangulado a inocentes criaturas mientras dormían, y he apretado la garganta de quien no me había hecho daño a mí ni a ser humano alguno. He arrastrado a mi creador a la desdicha; le he perseguido hasta esta ruina irremediable. La huida del Monstruo perseguido por el creador tras el asesinato de su vástago es la metáfora final de la naturaleza manoseada y vengativa. No había llegado el momento del hombre creación humana, o bien las fuerzas sociales, impertérritas, terminan por condenar.
¿Sueñan los androides con ovejas electricas? es una fábula tecnológica de Philip K. Dick donde se marca el impreciso límite entre lo natural y lo artificial. En un mundo devastado por la guerra, colmado de restos tecnológicos y edificios de apartamentos vacíos, Rick Deckard es un cazador-policía mercenario cuya empresa consiste en retirar de la circulación a androides rebeldes. Pero los Nexus 6 son androides con características especiales, casi humanos. En esta novela se basó Ridley Scott para su película Blade Runner. El aspecto de ensueño de la novela se traduce en crudeza en la película. Los Nexus tienen una mayor presencia, no aparecen los pequeños ordenadores que infunden desde la mesita de noche los estados de ánimo a los humanos mediante una adecuada programación, no contamos con la vergüenza que siente Rickard de no tener en su casa un animal de verdad -casi todos están en vías de extinción, y por ejemplo, tener un sapo en casa es demostración de poderío, suerte y buenos sentimientos-. No conocemos la depresión que sufre la esposa de Deckard, arrinconada en la cama y sin animal original que mostrar a las amistades. No vimos al poli observando San Francisco desde la inmensidad y pensando en aquellos que abandonaron las ciudades para intentar ser felices en los campos sin vigilancia.
Los Nexus en Blade Runner son irremediablemente los nuevos Frankensteins, humanos, demasiado humanos. El planteamiento de Mary Shelley no podía alumbrar las nuevas dificultades que modela Scott. A sus Frankensteins se les ha creado una vida pasada, ficticia a base de fotografías falsas y recuerdos insertos en su memoria. Los Nexus saben que tienen fecha de caducidad como aquel sevillano de la novela de Sender que vio la fecha de su muerte cuando descendió a un pozo. Pero los Nexus no se resisten a la realidad de la muerte y se rebelan contra el creador. Este tremendo nexo de la creación humana se vislumbra en los avances genéticos, en las técnicas de la informática avanzada y el trasplante. El Frankenstein de Mary Shelley era la creación ante la naturaleza humana impía que no busca rehabilitar. Los Nexus tienen pensamiento y sentimiento propio, también. Pero tienen cara a cara a su creador, y quieren vengarse de él: y envían al arcángel sangabrieldeckard para que elimine al que sale de la norma. De nuevo el hombre creación humana se ha levantado contra la mano extraña que embadurna la naturaleza. La creación intenta derrocar al creador. De nuevo el tirano es sitiado. Y el rebelde sometido a látigos, hachas, patíbulos, mazmorras, cadenas y suplicios. Y de aquí a Godwin, hay un solo paso.