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BREVIARIOS

ÚLTIMA MODIFICACIÓN 04/06/04

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

 

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOS

JOSÉ MARÍA PÉREZ ZÚÑIGA

ALBERTO PERPIÑÁ

BOCADECABRA

 

     

 

 

BREVIARIO

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

CIUDADES DE VERDAD

 

RASCACIELOS

 

LAS VIEJAS HERIDAS

CEMENTERIO ALEMÁN

 

LOS MUERTOS JÓVENES

 

CIUDADES DE VERDAD

Piacenza es una bonita ciudad a orillas del Po. Estuve allí hace un par de semanas, y las primeras personas con las que conversé se me quejaron de que no recibían turistas. Supongo que así funcionan las cosas: son tantas las ciudades italianas con encanto que no todas pueden entrar en los circuitos turísticos, y lo normal es visitar Florencia o Venecia pero no Piacenza o Brescia (¿es bonita Brescia?, no lo sé). La cuestión es que el primer piacentino que conocí pronunciaba la erre a la francesa, y que todos los piacentinos que conocí después hacían lo mismo: en vez de "la verità" o "il dottore", decían "la veguità" e "il dottogue". Alguien me explicó que se trataba de un residuo de la vieja fonética dialectal, pero, durante los tres días que pasé en la ciudad, tuve la sensación de vivir rodeado de turistas franceses que se hacían pasar por piacentinos auténticos y que, para dar mayor verosimilitud al simulacro, fingían protestar por la escasez de visitantes extranjeros.

He dicho que lo normal es visitar Venecia y no Piacenza, y sin embargo la mayoría de los destinos turísticos tradicionales tienen algo de impostado, como si fueran pequeños parques temáticos de sí mismos, no las ciudades de verdad sino sus primorosos duplicados (si se ha hecho con Altamira, ¿por qué no hacerlo también con Venecia o con Toledo?). La vida real prosigue en las otras ciudades, en las ciudades que no forman parte de los circuitos, y para los viajeros ése es un atractivo que jamás sabrán valorar quienes se lamentan por la escasa afluencia de turistas.

 

RASCACIELOS

ZEPPELIN SOBRE LA GRAN VÍA DE MADRID. FOTOGRAFÍA TOMADA

DESDE EL EDIFICIO DE LA TELEFÓNICA DE MADRID: ALFONSO 1930

 

Parece ser que en Shanghai y en Taiwan están construyendo los que serán los rascacielos más altos del mundo. Yo pensaba que, después de lo de las Torres Gemelas, pasaría bastante tiempo antes de que a alguien se le ocurriera volver a levantar rascacielos, pero está visto que me equivocaba. Desde el 11-S, una construcción así no sólo es un desafío a las leyes físicas sino también a ese terrorismo internacional al que cada varios meses recurre Bush para justificar alguna de sus guerras.

Los rascacielos son algo más que edificios altísimos. Los rascacielos exhiben con orgullo su condición de símbolos. En los Estados Unidos se erigían rascacielos para recordarnos a cada instante el poder del dólar y el vigor del sistema capitalista, y no puede ser casualidad que los más altos del mundo vayan a estar en la zona del planeta en la que el capitalismo se revela ahora más pujante y desacomplejado.

De los rascacielos españoles, todos tirando a modestos y como de segunda fila, el que mayor carga simbólica llegó a tener fue el de la Telefónica, en la Gran Vía madrileña. En una España como la de los años treinta, que apenas estaba saliendo de su eterna preindustrialización, no había mejor símbolo de la eficacia colonizadora del dólar. Lo curioso es que la guerra civil lo acabó transformando en símbolo de algo bien distinto. Elegida como diana preferida por la artillería franquista que cercaba Madrid, la Telefónica se convirtió en símbolo de la defensa de la ciudad y también de la resistencia española al fascismo.

 

Ignacio Martínez de Pisón

 

LOS MUERTOS JÓVENES

Las esquelas de los periódicos portugueses muestran habitualmente una pequeña foto del muerto y, sin duda porque sus deudos quieren ofrendar a la eternidad una buena imagen del finado, la foto no suele ser reciente sino antigua, de cuando el muerto no sólo no estaba muerto sino que era casi joven y tenía un aspecto saludable. La sensación que experimentas cuando hojeas esas páginas llenas de esquelas y fotos de carnet es la de que Portugal es un país en el que sólo mueren los jóvenes. Una sensación más que desconcertante si poco después levantas la vista y ves que los bancos de la plaza están exclusivamente ocupados por ancianos, que apuran como pueden los débiles rayos del sol invernal. Por un instante, Portugal, ese país en el que sólo mueren los jóvenes, se te aparece también como un país en el que los viejos viven eternamente.

Pensando en ese Portugal imposible, me acordé de los niños que pueblan las novelas de Mark Twain, unos niños que no parecen destinados a convertirse en adultos y que conviven con éstos como si constituyeran una especie autónoma y diferenciada: niños que siempre serán niños, adultos que se diría que nunca tuvieron infancia. Twain inventó un territorio imposible en el que los niños no crecían, y al hacerlo nos hablaba de nosotros mismos, de esa niñez lejana en la que tratábamos en vano de imaginarnos a nuestros padres con nuestra misma edad. ¿Qué novelas podrían escribirse sobre un país en el que los jóvenes mueren mientras los viejos disfrutan plácidamente de la inmortalidad?

Ignacio Martínez de Pisón

 

LAS VIEJAS HERIDAS

 

 

La decisión unánime de los grupos parlamentarios de reparar el honor de los vencidos en la Guerra Civil se ha interpretado como una cicatrización definitiva de aquellas viejas heridas. Pero los grandes debates no se cierran así como así, y el de la contienda española está, al menos en algunos ámbitos, más abierto que nunca. Acaso eso explique el fulminante y arrollador éxito de una novela como Soldados de Salamina, que sin duda ha aparecido en el momento oportuno. Alguien calificó hace poco el libro de Cercas de "primera novela histórica sobre la Guerra Civil", lo que equivale a decir que el tiempo de la literatura testimonial ha dejado paso al de la literatura a secas: el mismo proceso que, salvando todas las distancias que se quieran salvar, permitió a Tolstoi y a Faulkner recrear respectivamente las campañas napoleónicas y la Guerra de Secesión americana.

Pero no sólo la literatura actual demuestra que el debate sigue abierto. También la historiografía: ahí están los congresos sobre el exilio y los campos de concentración franquistas, los nuevos estudios sobre la posguerra y el alcance de la represión, los libros y documentales sobre asuntos como el de los niños de la guerra o el de las delirantes investigaciones en torno al llamado "psiquismo marxista", los documentos que están aflorando sobre la verdadera intervención de Stalin y sus consejeros militares en el conflicto... A la luz de todo eso parece razonable augurar que tenemos guerra para rato.

 

Ignacio Martínez de Pisón

 

CEMENTERIO ALEMÁN

 

 

En el norte de Extremadura, muy cerca del monasterio de Yuste, hay un pequeño cementerio en el que descansan los restos de dos centenares de militares alemanes. Eran aviadores y marinos de las dos Guerras Mundiales cuyos cuerpos fueron encontrados en diferentes puntos del litoral español, y lo que más llama la atención es la extrema juventud de esos soldados: abundan los que, nacidos en 1922, hallaron la muerte en 1943.

Hace veinte años, una institución alemana decidió reunir los cadáveres en ese sitio. Desde entonces, muchos de los viajeros que visitan el monasterio suelen hacer una breve parada y fotografiarse entre sus cruces. Yo lo visité en compañía de unos amigos escritores y, mientras paseábamos en silencio, tenía la sensación de que alguno de ellos estaba ya componiendo mentalmente los primeros versos de un poema o imaginando el argumento de un relato. No mucho después me enteré de que el pequeño cementerio había inspirado con anterioridad a otros literatos. ¿Qué tiene de extraño, al fin y al cabo? Cuando Juan Marsé empezó a trabajar en Rabos de lagartija, lo hizo porque en un periódico barcelonés apareció un reportaje sobre un Spitfire de la Segunda Guerra Mundial que, para asombro de los pescadores locales, cayó derribado frente a la playa de un pueblo catalán. En la novela, al final, quedó bien poca cosa de aquel foco de inspiración inicial, pero ¿por qué no pensar que también en esa visita al cementerio puede estar el germen de un buen libro, aún por escribir?

Ignacio Martínez de Pisón